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Separación de los Padres del Mundo: Consciencia Narrativa de los Opuestos

  • Foto del escritor: bretonamadeus
    bretonamadeus
  • 20 dic 2025
  • 13 Min. de lectura
Ilustración del antiguo Egipto que representa a Shu separando a Nut (el cielo) de Geb (la tierra), símbolo mitológico de la separación de los Padres del Mundo, núcleo del surgimiento de los opuestos en la consciencia narrativa.
Shu separando a Nut de Geb, arte egipcio antiguo. Esta imagen muestra la intervención del dios Shu, quien separa a la diosa del cielo (Nut) del dios de la tierra (Geb), estableciendo el orden cósmico. 

¿Has sentido alguna vez que cargas con una culpa que no es tuya, como si hubiera algo implícitamente defectuoso en ti, algo incorrecto incluso antes de que pudieras elegir?


Este tercer artículo sobre el nacimiento de la consciencia narrativa, aborda el momento crucial en el que la consciencia humana, en su evolución narrativa, se separa por primera vez de la unidad indiferenciada del origen. Exploramos cómo esta ruptura —narrada en los mitos como la separación de los Padres del Mundo— da lugar a la aparición de los opuestos, a la emergencia del yo y a la sensación de pérdida y culpa que marcan el inicio de la historia psíquica humana.  


Esta etapa es previa al nacimiento del héroe, y sienta las bases para la diferenciación entre el consciente y el inconsciente, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal. Desde la psicología narrativa, en diálogo con la psicología analítica de Carl Jung y a partir de la obra de Erich Neumann, este texto continúa el recorrido por las etapas arquetípicas de la consciencia narrativa.



Pintura renacentista de Giorgio Vasari que representa la castración de Urano por su hijo Cronos, un acto violento de separación arquetípica que marca el fin de la unidad primordial y el inicio del conflicto de opuestos en la consciencia narrativa.
La castración de Urano, pintura de Giorgio Vasari (siglo XVI). En esta escena mítica, Cronos separa cielo y tierra mediante un acto fundacional de violencia que encarna el nacimiento del tiempo, del orden y de la dualidad: un motivo central en la evolución simbólica de la consciencia narrativa.

La separación de los Padres del Mundo en el mito


En prácticamente todas las tradiciones míticas se encuentra una imagen fundacional reiterada: cielo y tierra, padre y madre cósmicos, unidos en un abrazo originario, formando una unidad indiferenciada, anterior al tiempo, a la forma, al lenguaje y a la experiencia. Este estado primordial es descrito como oscuro, cerrado, húmedo, silencioso: un útero arquetípico donde aún no existe el espacio para la conciencia ni la percepción. Todo está contenido en un Uno sin distinciones, sin orientación, sin estructura.


Solo con la separación violenta de los Padres del Mundo —principios complementarios del cielo y la tierra, de lo masculino y lo femenino— puede comenzar el mundo. Al abrirse el espacio entre ambos, se introduce por primera vez la luz. Y con la luz, la posibilidad de la visión, del orden, de la diferenciación. Aparecen los opuestos: arriba y abajo, dentro y fuera, día y noche, claro y oscuro, masculino y femenino. El universo comienza a tomar forma como consecuencia de esta escisión arquetípica. Y junto con el universo externo, se estructura también la psique: nace la capacidad de distinguir, de separar, de experimentar lo otro.


Este gesto primordial de separación está presente en innumerables relatos cosmogónicos. En la mitología maorí, Ranginui (el cielo) y Papatuanuku (la tierra) yacían unidos, y sus hijos vivían atrapados en la oscuridad entre sus cuerpos. Fue el dios Tane quien los forzó a separarse, levantando a Ranginui hacia el alto y estableciendo a Papatuanuku abajo. Solo así entró la luz. Solo así se creó el espacio vital. Pero este acto fue vivido como transgresión, y el lamento de los padres separados —especialmente el llanto del cielo— resuena aún en la lluvia y las nieblas.


La tradición egipcia nos ofrece una imagen similar: el dios Shu separa a Nut, la diosa del cielo, de Geb, el dios de la tierra. Este acto inaugura el orden cósmico y permite la manifestación del tiempo y del mundo visible. En el mito mesopotámico, Marduk abre en dos el cuerpo de Tiamat, la Gran Madre primordial del caos, y con sus fragmentos construye el cielo y la tierra. La creación aquí se produce a través del desmembramiento de la Madre Terrible, sacrificada para que el cosmos se ordene. En la mitología griega, Cronos castra a Urano (el cielo) con una hoz entregada por Gaia (la tierra), instaurando un nuevo régimen y liberando a sus hermanos. En el relato bíblico, Dios separa las aguas superiores de las inferiores, establece un firmamento entre ellas, divide la luz de la oscuridad, y con ello, da lugar a los ritmos del tiempo y a la estructuración de la experiencia.


Todos estos relatos comparten una misma lógica simbólica: el universo nace de una ruptura. La unidad originaria no es solo interrumpida, es sacrificada. La creación del mundo supone una pérdida radical, una herida primordial que atraviesa tanto al cosmos como al alma. La escisión es a la vez condición de posibilidad de la vida consciente y fuente del dolor arquetípico de la separación. La creación es inseparable de la transgresión: donde hay diferenciación, hay exilio.


De este modo, la separación de los Padres del Mundo no solo inicia la historia del universo, sino que también marca el comienzo de la vida psíquica diferenciada. Allí donde el mundo se fragmenta, nace la posibilidad de experimentarlo. La luz que surge con la separación es el símbolo de la consciencia que se alza, por primera vez, en el claroscuro de una pérdida irreparable.



Relieve asirio representando la lucha entre el dios Marduk y Tiamat, la diosa primordial del caos, una escena arquetípica de la separación de los Padres del Mundo en la mitología mesopotámica.
“Marduk contra Tiamat”, relieve asirio (detalle). Esta escena representa uno de los mitos fundacionales más antiguos del mundo: el joven dios Marduk enfrentando y dividiendo a Tiamat, madre primordial del caos. Su victoria marca el inicio de la creación y la instauración del orden cósmico

La escisión fundacional: luz, opuestos y el nacimiento del mundo psíquico


En todas las tradiciones míticas, el momento en que los Padres del Mundo son separados no representa solo el inicio del universo tal como lo conocemos, sino que marca una transformación profunda en la estructura misma de la consciencia humana. Este acto —comúnmente narrado como una partición violenta, una castración, una elevación o un desgarramiento— da origen no solo al espacio físico en que el cosmos se organiza, sino también al espacio interior donde el ego comienza a distinguirse del mundo que lo rodea. El sujeto abandona la matriz indiferenciada del uróboros y da el primer paso hacia la diferenciación psíquica.


Es a partir de esta escisión fundacional que el mundo se vuelve habitable para el individuo. Porque no puede haber mundo —ni interno ni externo— sin diferenciación. Solo cuando el cielo es alzado y la tierra delimitada puede surgir el espacio entre ellos: un espacio que será, en términos psicológicos, el ámbito donde el ego se constituye y se afirma. Desde esta perspectiva, separar es crear, y la creación es siempre la instauración de una distancia. Esa distancia es la condición de posibilidad del saber, del símbolo y de la conciencia de sí.


Desde la psicología analítica, este punto marca un giro decisivo. Hasta entonces, el ego no existe como una instancia diferenciada. La vida psíquica primitiva —como la del niño en sus primeras etapas— se encuentra aún inmersa en un estado de participación mística con el entorno: una fusión en la que lo interno y lo externo, lo propio y lo ajeno, el cuerpo y la emoción, no están aún separados. En ese estado uróborico, todo fluye en un solo cauce indiferenciado: el yo no sabe que es yo, y el mundo aún no ha sido percibido como un otro.


Pero la separación trae consigo un acto de luz. No es casual que en casi todas las cosmogonías conocidas, la llegada de la luz marque el inicio del tiempo, del mundo y del orden. La luz es el símbolo fundamental de la consciencia: es en la luz donde el mundo se hace visible, donde el caos se convierte en forma, donde lo indiferenciado se convierte en estructura. De ahí que en los mitos, el nacimiento del sol, el firmamento o el día coincidan con la primera separación: cielo y tierra, arriba y abajo, día y noche, lo sagrado y lo profano. La consciencia solo es posible en la presencia de los opuestos.


Este momento es también el surgimiento de la orientación, del juicio y de la discriminación: “determinatio est negatio” —toda determinación es una negación. Conocer es separar. Toda afirmación del yo implica un límite frente a lo que no es el yo. Por eso, cada paso hacia la individuación implica también una pérdida: la pérdida del estado de unidad primordial, la pérdida del paraíso arquetípico. La consciencia se constituye, necesariamente, a costa de esa totalidad originaria.


Y aunque esta escisión sea el acto fundacional del despertar psíquico, su vivencia está teñida de ambivalencia. Porque si bien es a través de esta ruptura que el hombre se emancipa, también es por ella que se sabe exiliado. La organización del mundo en torno al ego conlleva una dimensión trágica: la instauración del orden, del tiempo, de la cultura, está inexorablemente unida a la experiencia de la pérdida, la culpa y la escisión.


Por eso, desde el interior de muchas mitologías, este acto creador aparece también como un acto prohibido, una transgresión, una caída. No solo se abre el espacio del mundo; también se clausura el tiempo del Edén. El pecado original, presente en numerosas culturas bajo distintas formas, es la huella arquetípica de este momento. La aparición del yo consciente es también la aparición del peso existencial de saberse separado, de saberse arrojado fuera de una unidad que, aunque simbólica, sostiene el anhelo más profundo del alma humana.


La conciencia nace, así, como una ruptura. Es la ruptura entre el día y la noche, entre el yo y el mundo, entre lo que puedo decir y lo que me es inefable. Con ella, comienza el camino del héroe: ese que ha despertado, pero aún no ha conquistado su lugar en el nuevo mundo que se abre tras la escisión.



Pintura de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina que representa la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, símbolo de la separación de los Padres del Mundo y el origen de la experiencia de la consciencia narrativa.
La expulsión del Paraíso, fresco de Miguel Ángel (1508–1512) en la Capilla Sixtina, Vaticano. En esta escena, Adán y Eva son expulsados del Edén, un momento arquetípico que representa la ruptura primordial entre la unidad original y la condición humana separada. 

El nacimiento de la culpa y la escisión entre consciente e inconsciente


La separación de los Padres del Mundo no solo introduce el mundo visible y ordenado. También inaugura una fractura interior. Lo que antes era totalidad indiferenciada se convierte en dualidad. Lo que era participación mística se transforma en exilio psíquico. Así como el cielo y la tierra son apartados, también lo son el consciente y el inconsciente: el yo que empieza a erguirse, y el fondo primitivo del que ha sido desgajado.


Este desgarro no es neutro. En muchos mitos, el acto creador aparece teñido de culpa. Separar el cielo de la tierra, matar al dragón, o desmembrar a la madre primordial no es solo un gesto heroico, es también una transgresión. El héroe que introduce la luz y el orden en el mundo lo hace a costa de una ruptura. Y con la ruptura, nace la pérdida. Y con la pérdida, la culpa.


En términos psicológicos, esta escisión implica la emergencia de un ego que ya no participa plenamente del fondo unitario del inconsciente colectivo. El ego, al constituirse, deja de pertenecer al todo. Comienza a saberse separado, y esa separación se vive como falta, como privación, como pecado. La nostalgia del paraíso original —esa unidad indiferenciada, ese estado urobórico de fusión con la totalidad— se convierte en un trasfondo simbólico permanente. El precio del yo es la culpa.


Las grandes religiones teologizan esta experiencia. El relato bíblico de la expulsión del Edén expresa con precisión este movimiento arquetípico: el conocimiento del bien y del mal —es decir, la diferenciación— es considerado una falta. La desobediencia se paga con la pérdida del paraíso, con la muerte, con el dolor. El surgimiento del ego se percibe como una rebelión. La escisión necesaria para el desarrollo de la consciencia es reinterpretada como caída.


En la Cábala, esta fractura se presenta como una herida infligida al propio orden divino: el Adam Kadmon, el hombre primordial, al dividir los aspectos masculino y femenino de la divinidad, produce un daño en la estructura misma de los sefirot, separando la Shejiná de su unión original. En la cosmogonía babilónica, Marduk destruye a Tiamat —la madre de todos los dioses— para instaurar el mundo, pero este acto lleva consigo una carga de violencia sacrificial que reverbera como culpa originaria. En la filosofía presocrática, Anaximandro sostiene que toda existencia nace del conflicto y debe pagar por su separación mediante el sufrimiento, pues la desmesura inicial genera una deuda cósmica.


Estas narrativas coinciden en un punto central: la emancipación de la consciencia no es gratuita. Separarse implica violencia. Y donde hay violencia, hay memoria del crimen. El yo emergente carga con esa memoria, incluso cuando no es consciente de ella. Lo que fue escindido sigue actuando desde el fondo: el inconsciente permanece activo, y su represión genera sombra, ansiedad, fragmentación.


Así, la escisión entre consciente e inconsciente no es solo estructural, sino también ética. El ego, en su proceso de individuación, se constituye a través de actos de negación, de exclusión, de sacrificio. Y lo excluido —lo reprimido, lo separado, lo femenino inconsciente— no desaparece: se transforma en voz acusadora, en madre terrible, en dragón interior. La historia del alma humana comienza con esta culpa ancestral: la culpa de haber nacido como ego.




Ícono bizantino de San Jorge matando al dragón, obra anónima, que simboliza la lucha arquetípica entre el ego naciente y el inconsciente, en el contexto de la separación de los Padres del Mundo y la construcción de la consciencia narrativa.
San Jorge y el dragón, ícono bizantino (siglo XVII). Esta imagen representa una de las versiones más universales del motivo mítico del héroe enfrentando al dragón. San Jorge, montado a caballo y armado con una lanza, derrota a la criatura del caos, símbolo del inconsciente indiferenciado.

La lucha con el dragón y la forja del ego heroico

Separar a los Padres del Mundo no es suficiente. El nacimiento del ego necesita más que la escisión inicial: requiere afirmarse, consolidarse, sobrevivir. Y ese camino pasa inevitablemente por el combate con el dragón.

El dragón es la imagen arquetípica de la madre terrible, del inconsciente devorador, del caos indiferenciado que amenaza con arrastrar de nuevo al yo a la fusión primitiva. Si al comienzo era el joven amante quien era desmembrado por la madre, ahora es el ego naciente quien dirige su espada contra ella. Lo que en el mito aparece como el combate con el monstruo, es en el alma una lucha con lo inconsciente: con los impulsos, los arquetipos, las fuerzas primordiales que resisten la emergencia de la forma.


Este combate, presente en todos los mitos fundacionales, es el verdadero acto de fundación del ego. El héroe solo se convierte en tal cuando enfrenta al dragón, cuando se opone a la regresión, cuando se niega a volver a ser absorbido por la totalidad originaria. El acto de matar al dragón es también un acto de afirmación: al negarse a lo indiferenciado, el yo se define, se diferencia, se afirma. Omnis determinatio est negatio —toda determinación es una negación.


La formación de la consciencia implica este gesto: trazar una frontera. Decir “yo soy esto, y no aquello”. Cada paso en dirección a la identidad es también una separación. Y esta diferenciación exige fuerza, claridad, voluntad. En este sentido, el combate con el dragón es también una batalla interior contra la confusión, contra la ambivalencia emocional, contra la tentación de disolverse en el todo.


Pero esta confrontación no ocurre de forma armónica. El yo, al tomar forma, escinde la psique: separa el consciente del inconsciente. Al identificarse con uno de los polos —la luz, la razón, la acción— el ego desaloja al otro —lo oscuro, lo instintivo, lo femenino— hacia las profundidades psíquicas. De ahí que esta victoria conlleve inevitablemente una pérdida: el mundo ya no es uno. La totalidad queda rota. La consciencia se alza, sí, pero lo hace erigiéndose en contra de lo que ha dejado atrás. El inconsciente, ahora escindido, se vuelve sombra.


Esta separación, sin embargo, es condición de la libertad. Solo una consciencia que se distingue puede ejercer la voluntad. Solo un ego que se sabe distinto puede actuar. Y sin embargo, esta conquista se vive también como un exilio. El héroe, en su triunfo, queda solo.


En términos psicológicos, esta etapa corresponde al momento en que el ego adolescente, todavía frágil y escindido, comienza a estructurarse. Sus inseguridades, sus inflaciones narcisistas, sus nostalgias paradisíacas, son síntomas de una lucha aún no resuelta. Solo tras la confrontación con el dragón puede el ego sostenerse en pie. Solo entonces se convierte en portador de cultura.


El héroe no es simplemente un guerrero: es un creador. Su victoria no es la instauración del orden por la fuerza, sino la emergencia de una nueva forma. Al vencer al dragón, al arrancar el tesoro del caos, da origen a algo nuevo: un mundo humano, una cultura, una historia. Esta es la tarea del ego: dar forma al caos, introducir sentido, habitar el mundo sin disolverse en él.


Pero esta tarea no es definitiva. El dragón no muere para siempre. Permanece en el fondo, como sombra arquetípica, como memoria del origen. El ego debe recordarlo, no para temerlo, sino para no olvidarse de su raíz. Porque el peligro del ego no está solo en ser tragado por el dragón, sino también en negar su existencia.

Solo quien ha enfrentado al dragón puede mirar al mundo con ojos propios.



Escultura de San Jorge matando al dragón, ubicada en Moscú; una representación visual del combate arquetípico entre el ego emergente y las fuerzas del inconsciente, en el proceso psíquico que acompaña la separación de los Padres del Mundo y el nacimiento de la consciencia narrativa.
San Jorge y el dragón, escultura en la Plaza de la Catedral del Kremlin, Moscú. La culminación del proceso de separación de los Padres del Mundo: el momento en que el yo logra afirmarse frente a las fuerzas indiferenciadas, y con ello inaugura la cultura, la identidad y la narrativa.

Cierre: hacia el nacimiento del héroe


La separación de los Padres del Mundo marca una fractura psíquica fundacional. Una escisión que inaugura el mundo tal como lo conocemos: múltiple, diferenciado, en tensión. La consciencia nace en el instante mismo en que se rompe la unidad primordial, pero lo hace arrastrando consigo el eco de esa pérdida. Por eso, el surgimiento del yo lleva en su interior la marca de la culpa, del exilio, de la nostalgia de una totalidad perdida.


Este momento mítico expresa, desde múltiples tradiciones, una misma experiencia: el inicio de la diferenciación entre consciente e inconsciente. Es el punto donde comienza a configurarse el yo como estructura, pero también donde nace el conflicto que lo atraviesa. Una conciencia que se ve forzada a afirmarse frente al fondo inconsciente del que proviene, separándose de él para poder existir.


Desde la perspectiva de la psicología narrativa, y en el marco de la psicología analítica desarrollada por Carl Gustav Jung, este proceso ha sido explorado de forma profunda por Erich Neumann, quien nos muestra cómo en esta escisión fundacional se originan tanto la cultura como el conflicto humano. Esta serie de artículos sigue ese recorrido, abriendo cada etapa como una clave de lectura de nuestro propio desarrollo interior.


El siguiente artículo abordará precisamente la fase que sigue a esta ruptura: el nacimiento del héroe, la emergencia del ego como estructura capaz de enfrentarse al caos, de conquistar su autonomía y de crear sentido. La próxima gran batalla de la consciencia.



Referentes y lecturas para profundizar


Este artículo dialoga con una tradición amplia que ha explorado el origen de la consciencia, el símbolo como matriz psíquica y el mito como estructura narrativa profunda de la experiencia humana. Si quieres profundizar en estas ideas, aquí algunos referentes clave:


Erich Neumann – The Origins and History of Consciousness

Obra fundamental para comprender el nacimiento del yo a partir del estado urobórico y la evolución de la consciencia como proceso simbólico. Es la base conceptual principal de este artículo, particularmente en su desarrollo sobre la separación de los Padres del Mundo como umbral psíquico hacia la individuación.


Carl Gustav Jung – Psicología analítica y símbolo

Fundación C. G. Jung y recursos introductorios a su pensamiento sobre imaginación, inconsciente y símbolo.


Carl Gustav Jung – Symbols of Transformation

Pilar de la psicología analítica. Jung introduce el uroboros como símbolo arquetípico del origen psíquico y describe el movimiento regresivo del inconsciente en imágenes y mitos.


Carl Gustav Jung – Psychology and Alchemy

Lectura esencial para entender la alquimia como proceso interno de transformación, y el uroboros como círculo que se engendra a sí mismo y actúa como mandala arquetípico.


Joseph Campbell – The Hero with a Thousand Faces

Un marco imprescindible para comprender el paso del estado indiferenciado hacia la formación del relato y la emergencia del yo narrativo.


The Hero’s Journey – Joseph Campbell Foundation

Resumen claro de las etapas del camino del héroe según Campbell. Incluye visuales, ejemplos y aplicación contemporánea.






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