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El arte como radiografía del alma: narrativa simbólica y crisis de sentido

  • Foto del escritor: bretonamadeus
    bretonamadeus
  • 18 dic 2025
  • 19 Min. de lectura
Obra de arte contemporáneo “Comedian” (2019) de Maurizio Cattelan, una banana adherida a la pared con cinta adhesiva, utilizada como símbolo de la literalidad, el agotamiento del símbolo y la crisis de sentido en el arte contemporáneo.
Maurizio Cattelan, Comedian (2019). La obra como gesto literal y autorreferencial: cuando el arte se agota en el impacto inmediato y el circuito mediático, el símbolo se vacía y la experiencia estética se reduce al consumo del enunciado.

¿No te has preguntado alguna vez por qué sentimos que antes todo era mejor? ¿El arte, la música, el cine? ¿Qué especie de magia se ha perdido?


Vivimos en un presente saturado de imágenes, relatos y producción cultural. Nunca hubo tanto contenido circulando al mismo tiempo. Y, sin embargo, esa sensación persiste: algo se diluye, algo no permanece, algo parece no lograr tocar lo esencial. Más allá de estilos o épocas, aparece una experiencia común de desconexión y pérdida de sentido.


Este artículo parte de ahí. No atravesamos únicamente una crisis cultural o comunicativa, sino una crisis existencial humana. Desde la psicología junguiana y la psicología narrativa, este texto explora cómo el empobrecimiento del símbolo y de las narrativas profundas se manifiesta hoy en el arte y en la producción cultural como síntomas de una desconexión más amplia: la pérdida de contacto con la dimensión simbólica, imaginativa y profunda de la experiencia humana.


Obra de Banksy conocida como Napalm Girl, donde una niña víctima de la guerra de Vietnam aparece tomada de la mano de Mickey Mouse y Ronald McDonald, como crítica directa al imperialismo, la violencia y la cultura de consumo en el arte contemporáneo.
Banksy, Napalm Girl (2004).  La denuncia explícita como forma dominante del arte contemporáneo: la imagen acusa, el conflicto se declara y el símbolo se vuelve literal.

Síntomas de una crisis de sentido: saturación, inconformidad y pérdida de profundidad


Si la sensación de que “antes todo era mejor” aparece de forma tan insistente, no es porque el pasado haya sido objetivamente superior, sino porque algo en el presente no está siendo simbolizado ni integrado. Desde la psicología analítica, los malestares colectivos no se expresan primero en conceptos, sino en síntomas. Y hoy esos síntomas son difíciles de ignorar.


Uno de los más visibles es el deterioro de la salud mental, especialmente entre los jóvenes. En países como España, el aumento de hospitalizaciones por problemas de salud mental en adolescentes ha crecido de manera exponencial en las últimas décadas, con cifras que superan el 1200 %. Depresión, ansiedad, vacío existencial y sensación de desorientación no aparecen como fenómenos aislados, sino como señales de una fractura profunda en la estructura de sentido que sostiene la vida psíquica.


Este malestar no se limita al ámbito clínico. Se manifiesta también en la cultura y, de manera particularmente clara, en el arte contemporáneo. En los circuitos internacionales —bienales, ferias, museos— predomina hoy un arte de denuncia social y política, abiertamente figurativo o hiperrealista, centrado en problemáticas urgentes: género, raza, migración, desigualdad, violencia, medio ambiente. Estas temáticas son reales, necesarias y legítimas. Sin embargo, desde una mirada psicológica más profunda, pueden leerse también como expresiones de una psique colectiva inconforme, volcada hacia lo externo, intentando señalar afuera un conflicto que no logra elaborarse simbólicamente en el interior.


Artistas como Banksy, inscrito en la tradición del street art y del arte de intervención urbana con una fuerte carga de crítica social, o Liu Bolin, asociado al performance y al arte conceptual contemporáneo, que se camufla en paisajes urbanos y contextos institucionales para denunciar la invisibilidad del individuo frente al poder del Estado y las lógicas del consumo, ejemplifican esta tendencia dominante.


Narrativa simbólica y arte contemporáneo en la obra de Liu Bolin de la serie “Hiding in the City”, donde el artista se camufla en un entorno urbano institucional como símbolo de la invisibilidad del individuo frente al poder, la vigilancia y las estructuras sociales contemporáneas.
Liu Bolin, Hiding in the City (2005). El cuerpo humano borrado por el entorno como imagen literal de la desaparición del individuo en las estructuras del poder contemporáneo.

Un fenómeno paralelo puede observarse en las industrias culturales y narrativas. A nivel global, se producen hoy más de 9.000 películas al año, sin contar series. Nunca hubo tanta oferta, tanta diversidad formal, tanta accesibilidad. Y, sin embargo, cada vez son menos las obras que se convierten en referentes duraderos, en relatos capaces de marcar una generación o de operar como verdaderos mitos contemporáneos. A diferencia de décadas anteriores —cuando la producción era considerablemente menor pero los relatos lograban una mayor densidad simbólica— hoy asistimos a una hiperproducción de narrativas de bajo arraigo, rápidamente reemplazables, difícilmente memorables.


Desde esta perspectiva, ni el arte de denuncia ni la sobreproducción cultural son el problema en sí mismos. Son síntomas. Expresiones de una época en la que la consciencia se ha orientado casi exclusivamente hacia lo visible, lo medible y lo inmediato, mientras la dimensión simbólica, imaginativa y arquetípica de la experiencia humana queda relegada. El resultado no es solo un empobrecimiento estético, sino una pérdida de profundidad narrativa capaz de sostener sentido.


Si hoy hablamos de un empobrecimiento del símbolo y de las narrativas profundas, es porque en algún momento el arte dejó de ocupar este lugar de mediación. Para entender cómo se produjo esa transformación —y qué consecuencias tuvo— es necesario seguir avanzando en la historia, allí donde comienzan a hacerse visibles las grandes separaciones que marcarán la cultura occidental.




Pintura rupestre paleolítica con múltiples animales y figura chamánica que representa el espíritu animal y el instinto como base de la narrativa simbólica y el arte en las culturas arcaicas.
Arte rupestre paleolítico (Cueva de Chauvet, aprox. 30.000 a.C.). Animales y figuras rituales como presencias vivas: el arte como invocación del instinto y del espíritu animal, origen de la narrativa simbólica y del sentido en la experiencia humana.

El arte en su origen: símbolo, mundo y experiencia viva


Mucho antes de convertirse en objeto estético, el arte fue una forma de orientación en el mundo. En las culturas arcaicas, las primeras manifestaciones artísticas —las pinturas rupestres, las esculturas primitivas, los rituales con piedra, hueso o pigmento— no respondían a una necesidad decorativa ni expresiva en el sentido moderno, sino a una función vital: establecer una relación simbólica entre el ser humano, la naturaleza y aquello que era vivido como sagrado o numinoso.


Las figuras animales pintadas en las cavernas no eran simples representaciones de caza. Eran presencias cargadas de sentido. El bisonte, el ciervo o el caballo encarnaban fuerzas espirituales de la naturaleza que el hombre arcaico buscaba contactar, pero también fuerzas que habitaban en su propio interior: impulsos instintivos, energías vitales, potencias psíquicas no diferenciadas. Pintar era participar de esa fuerza, invocarla, integrarla. La imagen no “significaba” algo distinto de sí misma: era ese algo.


Lo mismo ocurre con la piedra labrada, el menhir, el totem. En estos objetos no hay aún una separación clara entre materia y espíritu. La piedra no es inerte: está animada. Posee alma, carácter, poder. Trabajarla no es imponerle una forma externa, sino revelar una presencia latente. Desde esta perspectiva, el arte funciona como mediación entre lo visible y lo invisible, entre el mundo sensible y una realidad más profunda que no se presenta de manera directa.



Narrativa simbólica y arte rupestre en la pintura de la cueva de Trois-Frères, donde una figura chamánica con cuernos animales, representando el espíritu animal, el instinto y la integración simbólica entre el ser humano y las fuerzas de la naturaleza en las culturas arcaicas.
El Hechicero, Cueva de Trois-Frères, Francia (c. 13.000 a. C.). Figura chamánica híbrida, imagen arcaica de la integración entre instinto, naturaleza y conciencia simbólica, donde la imagen no representa una fuerza: es la fuerza misma.

En este estadio temprano, no existe todavía una distinción tajante entre conciencia e inconsciente tal como la entendemos hoy. La vida psíquica no está escindida. La imagen surge de un fondo compartido, colectivo, donde lo personal y lo transpersonal se entrelazan. El símbolo no es interpretado: es vivido. No hay distancia crítica frente a la imagen, porque la imagen forma parte del mismo tejido de la realidad.


Desde la psicología junguiana, podríamos decir que el hombre arcaico habitaba un mundo saturado de símbolos, donde la experiencia interior y la exterior no estaban radicalmente separadas. El arte, en ese contexto, no expresa una subjetividad individual, sino una relación orgánica con el entorno, con los ciclos de la naturaleza y con las fuerzas que estructuran la existencia.


Esta unidad originaria —en la que el símbolo participa directamente de la realidad que evoca— será progresivamente erosionada a lo largo de la historia cultural. Con el desarrollo de una conciencia cada vez más diferenciada, analítica y racional, comenzará a abrirse una distancia entre imagen y significado, entre forma y sentido, entre mundo y alma. Esa escisión marcará profundamente el devenir del arte occidental y preparará el terreno para los conflictos simbólicos que aparecerán con fuerza siglos después.



Mandala budista tradicional que representa la totalidad psíquica y la integración de los opuestos como símbolo central de la narrativa simbólica y el arte en las culturas arcaicas y espirituales.
Mandala budista tibetano (autor desconocido). El mandala como imagen arquetípica de totalidad: una estructura simbólica que integra centro y periferia, conciencia e inconsciente, y que expresa visualmente la función más profunda del arte como narrativa de integración del alma humana.

Del círculo al eje vertical: la primera escisión del símbolo


Como expresamos anteriormente, en las culturas arcaicas, la experiencia del mundo no estaba escindida. Naturaleza, cuerpo, psique y cosmos formaban una unidad vivida. Esa totalidad encontraba su expresión simbólica más recurrente en el círculo y en sus múltiples variaciones: mandalas, ruedas solares, configuraciones cuaternarias. El círculo no era una forma decorativa; era una imagen de totalidad, de centro, de equilibrio dinámico. Representaba un mundo en el que el ser humano aún no se concebía separado de la tierra, de los dioses o de sus propias fuerzas instintivas.


Este símbolo aparece de manera transversal en casi todas las civilizaciones antiguas. En el arte rupestre, en los templos orientales, en la arquitectura sagrada, en los diagramas cosmológicos. El mandala, en términos junguianos, es una imagen del sí-mismo integrado: una psique que no ha sido fragmentada por oposiciones irreconciliables. No es casual que estas formas emerjan con fuerza en contextos rituales: allí donde el ser humano busca restablecer una relación viva con el orden profundo de la existencia.


Este equilibrio simbólico comenzó a transformarse de manera decisiva con el desarrollo del pensamiento religioso occidental, particularmente con la consolidación del cristianismo. El símbolo central ya no fue el círculo, sino la cruz. En sus primeras representaciones —la cruz griega, equilátera— aún conservaba una relación implícita con el centro y la totalidad. Pero con el tiempo, el eje vertical se impuso. La cruz latina desplazó el centro hacia lo alto.



Cruz griega de piedra utilizada por las primeras comunidades cristianas, símbolo de integración entre espíritu y materia, imagen central de la narrativa simbólica del arte religioso primitivo.
Cruz griega de piedra. Símbolo de las comunidades cristianas primitivas, donde la cruz representaba la totalidad, el equilibrio y la unión entre cielo y tierra, antes del énfasis sacrificial de la cruz latina y la escisión simbólica del cristianismo medieval.

Este cambio formal no fue inocente. Expresa una mutación profunda en la relación del ser humano con el mundo. El centro ya no reside en la tierra ni en la integración de los opuestos, sino en una instancia trascendente, elevada, separada. El cuerpo, la naturaleza y la materia comienzan a ser percibidos como ámbitos inferiores, que deben ser superados. El símbolo se verticaliza, y con él, la experiencia de lo humano.


La arquitectura gótica lleva esta lógica al extremo. Las catedrales se elevan de manera vertiginosa, desafiando la gravedad, como si el espíritu buscara escapar del peso de la tierra. La forma ya no contiene; apunta. Ya no integra; dirige. El símbolo deja de abrazar el mundo para señalar un más allá. En términos simbólicos, se consolida una escisión: espíritu contra naturaleza, alma contra cuerpo, cielo contra tierra.


El Renacimiento intentará corregir parcialmente esta ruptura devolviendo la mirada a la naturaleza, al cuerpo y a la experiencia sensible. Sin embargo, esta restitución no implicó una reintegración simbólica profunda, sino el establecimiento de un nuevo paradigma dominante: la representación fiel del mundo visible, la perspectiva, la anatomía, la proporción y la mímesis de la realidad. El arte renacentista no solo marcó una época, sino que se convirtió en el modelo hegemónico del arte occidental durante varios siglos.



Dibujo de Leonardo da Vinci “El Hombre de Vitruvio” (c. 1490) que simboliza el paradigma renacentista de representación anatómica y proporción matemática del cuerpo humano, base del modelo mimético y visual dominante del arte occidental.
Leonardo da Vinci, El Hombre de Vitruvio (c. 1490). El Renacimiento devuelve la mirada al cuerpo, a la naturaleza y a la experiencia sensible, pero lo hace bajo un nuevo paradigma dominante: la proporción, la perspectiva y la representación fiel de lo visible.

Desde el siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX, la mayor parte de la producción artística europea —y luego occidental— se desarrolló bajo esta lógica: un arte centrado en la representación del mundo exterior, en la observación de la naturaleza y en la figura humana como medida de todas las cosas. Incluso cuando cambian los estilos, los temas o las escuelas, el fundamento permanece: la realidad visible como referencia última del sentido.


Sin embargo, paralelamente a esta corriente dominante, se desarrolló una tradición subterránea, marginal y profundamente simbólica: el arte alquímico y hermético. Esta corriente puede entenderse como una respuesta compensatoria al cristianismo oficial y a su progresiva negación de la materia, del cuerpo y de lo instintivo. Mientras la teología elevaba el espíritu y desvalorizaba la tierra, la alquimia afirmaba que el espíritu habitaba la materia misma.


El imaginario alquímico no buscaba representar el mundo tal como se ve, sino revelar el proceso oculto de transformación que ocurre en lo profundo: la unión de los opuestos, la integración de lo luminoso y lo oscuro, la redención de lo rechazado. Su lenguaje fue necesariamente simbólico, onírico, fantástico. No podía expresarse de otro modo.



Pintura de Hieronymus Bosch “La tentación de San Antonio” que muestra figuras humanas y criaturas simbólicas en un paisaje caótico, como representación del arte alquímico y de la narrativa simbólica de transformación interior.
Hieronymus Bosch, La tentación de San Antonio (ca. 1500–1510). El proceso alquímico como drama interior: la psique enfrentada a la disolución, la tentación y el caos simbólico previo a toda transformación.

En este territorio, Hieronymus Bosch emerge como una de las figuras más radicales y visionarias. Su obra no responde ni a la lógica renacentista ni a la iconografía cristiana convencional. Sus pinturas están pobladas de criaturas híbridas, paisajes imposibles, escenas de transmutación y descenso. No ilustran dogmas; exponen el drama psíquico de una humanidad desgarrada entre el instinto, la culpa, el deseo y la redención. Bosch no pinta la naturaleza visible, sino la naturaleza interior.


Este arte imaginativo, simbólico y perturbador no fue comprendido ni integrado por la tradición dominante. Quedó relegado a los márgenes, pero cumplió una función esencial: mantener viva la dimensión simbólica en una cultura que avanzaba hacia la racionalización y la escisión. Lo que no podía decirse en el lenguaje oficial de la fe o de la razón, encontraba imagen en estas visiones.


No será sino hasta finales del siglo XIX, con la irrupción del impresionismo, que este paradigma comienza a resquebrajarse de manera significativa. Al poner en crisis la representación objetiva, al privilegiar la percepción, la luz, el instante y la experiencia subjetiva, el arte empieza a desplazarse nuevamente. No se trata aún de una vuelta consciente al símbolo, pero sí de la primera fisura profunda en una tradición que había dominado durante más de cuatrocientos años.



Pintura de Claude Monet “Impression, soleil levant” (1872), obra fundacional del impresionismo que rompe con la representación objetiva y privilegia la percepción subjetiva, la luz y la experiencia del instante en la historia del arte occidental.
Claude Monet, Impression, soleil levant (1872). Con el impresionismo, el paradigma dominante de la mímesis comienza a resquebrajarse.

Desde ese punto en adelante, el arte occidental entrará en un terreno inestable, marcado por tensiones cada vez más evidentes entre lo visible y lo invisible, entre la forma y la experiencia, entre la conciencia y aquello que empieza a emerger desde capas más profundas de la psique. El símbolo, que había sido desplazado durante siglos, comienza a reclamar nuevamente su lugar —aunque ya no de la misma manera.


Este movimiento prepara el terreno para lo que vendrá después. Porque cuando el símbolo pierde su función integradora durante tanto tiempo, aquello que queda excluido no desaparece: se acumula. Y lo que no encuentra imagen en la conciencia, buscará expresarse más adelante —de forma compensatoria— en nuevas configuraciones artísticas. Es ahí donde comienza verdaderamente la historia del arte moderno.



Pintura de Edvard Munch “El grito” (1893), figura humana expresando angustia existencial como símbolo de la crisis de sentido y la fractura de la conciencia en el inicio del arte moderno y la narrativa simbólica.
Edvard Munch, El grito (1893). La figura humana enfrentada al colapso del sentido y a la disolución del orden simbólico tradicional, imagen fundacional de la crisis existencial que atraviesa al arte moderno y a la narrativa contemporánea.

La fractura moderna: abstracción, vacío y la búsqueda de lo invisible


A comienzos del siglo XX, el arte occidental entra en una ruptura sin precedentes. No se trata simplemente de un cambio estilístico, sino de un quiebre profundo en la forma en que el ser humano se comprende a sí mismo y al mundo. La realidad, que durante siglos había sido pensada como estable, ordenada y regida por leyes claras, comienza a resquebrajarse. Este colapso no ocurre solo en el arte: atraviesa la ciencia, la filosofía y la experiencia histórica.


La física clásica —que había sostenido una visión sólida, mecánica y predecible de la materia— es puesta en crisis por los descubrimientos de la física moderna. El átomo deja de ser una unidad compacta; la materia se vuelve inestable, ambigua, casi fantasmal. Masa y energía se revelan intercambiables; causa y efecto pierden su validez absoluta; lo invisible adquiere un peso ontológico mayor que lo visible. Detrás del mundo sensible emerge otra realidad, extraña e irracional, imposible de imaginar en términos tradicionales.


Este mismo desconcierto atraviesa la experiencia humana. Las guerras de la primera mitad del siglo XX —especialmente la Primera Guerra Mundial— destruyen la fe en el progreso, en la razón y en la continuidad de la civilización. La idea de un orden garantizado se derrumba. Nietzsche ya había formulado el diagnóstico: “Dios ha muerto”. No como una provocación teórica, sino como la constatación de un vacío simbólico. El centro de sentido que durante siglos había organizado la experiencia occidental se disuelve.



Pintura abstracta de Wassily Kandinsky “Composición VII” (1913), donde formas y colores expresan fuerzas espirituales invisibles como símbolo de la ruptura del mundo visible y el surgimiento del arte moderno en la narrativa simbólica.
Wassily Kandinsky, Composición VII (1913). La abstracción como respuesta espiritual al colapso del mundo visible: color y forma liberados de la representación para expresar la “necesidad interior” y las fuerzas invisibles que atraviesan la experiencia humana moderna.

El arte responde a este colapso de manera compensatoria. Al perderse la confianza en la realidad externa, el artista se ve empujado hacia el interior. Ya no se trata de representar el mundo tal como aparece, sino de dar forma a lo que no puede verse. El arte abstracto surge en este contexto, no como una moda formal, sino como una necesidad psíquica. La figuración resulta insuficiente para expresar una realidad que ha dejado de ser estable y comprensible.


En este punto, la figura de Wassily Kandinsky resulta central. Para él, la abstracción no es una negación del sentido, sino un intento de acceder a una dimensión más profunda de la realidad. Kandinsky vivió los descubrimientos de la física moderna como un acontecimiento espiritual. “En mi mente —escribió— el colapso del átomo fue el colapso de todo el mundo.” Las formas visibles ya no podían sostener el peso de la experiencia humana. El arte debía dirigirse hacia lo invisible, hacia aquello que actúa por detrás de las apariencias.


Sus pinturas buscan expresar lo que él llamó la “necesidad interior”: una resonancia espiritual que no depende de la representación de objetos reconocibles. El color, la forma y el ritmo adquieren una autonomía simbólica. El cuadro se convierte en una suerte de partitura visual, una música del alma. No es casual que Kandinsky hablara de sus obras como expresiones del cosmos, como una armonía de fuerzas invisibles.



Pintura de Paul Klee “Ad Parnassum” (1932) que muestra una forma emergente construida por capas y puntos como símbolo del diálogo entre naturaleza, inconsciente y espíritu en el arte moderno y la narrativa simbólica.
Paul Klee, Ad Parnassum (1932). La imagen como proceso de gestación: forma, ritmo y color emergen como leyes vivas de la naturaleza y del inconsciente, haciendo visible aquello que aún no ha tomado forma definitiva.

Paul Klee avanza en una dirección similar, aunque desde una sensibilidad distinta. En su obra, la frontera entre naturaleza, inconsciente y espíritu se vuelve porosa. Klee no copia la naturaleza; dialoga con ella. Busca las leyes formativas que operan tanto en el mundo exterior como en el mundo interior. “El arte no reproduce lo visible —decía—, hace visible.” Sus imágenes parecen surgir de un estrato anterior a la forma acabada, como si el artista asistiera al nacimiento mismo de las cosas.


En este mismo impulso hacia lo invisible, pero llevado a un extremo radical, aparece la figura de Jackson Pollock. En su caso, la entrega al inconsciente alcanza un punto límite. Pollock no busca representar ni organizar: se deja atravesar por el proceso. Pintar se convierte en un acto casi ritual, realizado en estados cercanos al trance. “Cuando estoy en mi pintura —decía— no soy consciente de lo que estoy haciendo. Solo después veo lo que ha ocurrido.” La conciencia se retira, y el gesto emerge directamente desde estratos profundos de la psique.



Pintura de Jackson Pollock “Number 1A, 1948” que muestra un entramado caótico de líneas y manchas como símbolo de la prima materia, el inconsciente colectivo y la disolución de la forma en el arte moderno y la narrativa simbólica.
Jackson Pollock, Number 1A (1948). La pintura como acto ritual: el gesto emerge sin control consciente y da forma a un caos primario donde psique y materia se confunden, evocando la prima materia alquímica y los estratos más profundos del inconsciente.

El resultado son superficies densas, caóticas, sin centro ni jerarquía, donde líneas, manchas y ritmos se entrelazan en un flujo continuo. Estas imágenes han sido comparadas, con razón, a lo que la alquimia llamaba la prima materia: la masa confusa, indiferenciada, punto de partida de toda transformación. No hay forma acabada, sino un estado previo a la forma. Un “nada que es todo”: el inconsciente mismo en su estado más bruto.


Aquí ocurre algo revelador. Cuando el arte se desprende por completo de la figuración y de la intención consciente, cuando se interna hasta el fondo de lo informe, reaparece inesperadamente lo natural. Numerosas comparaciones entre la pintura abstracta del siglo XX y la microfotografía científica muestran similitudes sorprendentes: estructuras moleculares, formaciones celulares, patrones orgánicos invisibles al ojo humano. La abstracción extrema se convierte, paradójicamente, en una nueva forma de realismo. El arte imaginativo vuelve a encontrarse con la materia, no en su apariencia externa, sino en su estructura profunda.


Este fenómeno confirma una intuición central de Jung: en los estratos más profundos, psique y materia dejan de oponerse. Al descender hacia lo colectivo y lo inconsciente, la experiencia psíquica se universaliza hasta tocar el mundo físico mismo. “Abajo —escribía Jung— el psiquismo es simplemente el mundo.” La gran abstracción y el gran realismo, que parecían caminos opuestos al inicio del siglo, convergen silenciosamente.


Sin embargo, este encuentro también señala un límite. Cuando el artista se entrega por completo al inconsciente sin la mediación de la conciencia, el sentido corre el riesgo de disolverse. La obra puede alcanzar una potencia primaria, pero pierde orientación simbólica. Este desequilibrio —la retirada excesiva de la conciencia— no es solo un problema estético: es un síntoma psíquico. Y es precisamente ese síntoma el que reaparece hoy, bajo otras formas, en el arte y en la cultura contemporánea.



Microfotografía científica de estructuras orgánicas entrelazadas que evocan patrones similares al arte abstracto del siglo XX, ilustrando la convergencia entre materia, naturaleza y narrativa simbólica en el arte contemporáneo.
Microfotografía científica de estructuras orgánicas invisibles al ojo humano. La abstracción extrema del arte moderno reaparece como imagen concreta de la materia: cuando el artista desciende a lo informe, psique y naturaleza vuelven a encontrarse en un mismo patrón simbólico.

En ambos casos, el arte moderno de la primera mitad del siglo XX puede entenderse como una exploración del mismo territorio que Jung estaba cartografiando desde la psicología: el inconsciente. Allí donde la razón y la religión institucional ya no ofrecen respuestas, el arte se convierte en un medio privilegiado para entrar en contacto con lo desconocido. La abstracción no es vacío: es intento de simbolizar una realidad que ya no puede ser representada directamente.


Este movimiento, sin embargo, también encierra un riesgo. Cuando la retirada hacia lo interior se vuelve unilateral, cuando la conciencia abdica de su función mediadora, el arte puede perder su anclaje humano. Ese problema —la relación entre conciencia e inconsciente— será decisivo para comprender tanto los límites del arte moderno como los síntomas que observamos hoy. Y es precisamente ahí donde el análisis debe avanzar.



Instalación de Damien Hirst con un tiburón conservado en formol que representa la muerte literalizada y la crisis del símbolo en el arte contemporáneo.
Damien Hirst, The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living (1991). La muerte convertida en objeto literal: cuando el impacto sustituye al símbolo y el misterio queda reducido a evidencia material.

Volver a la profundidad: integración, símbolo y el lugar del arte hoy


Si el recorrido histórico deja una impresión clara, es esta: cada vez que una época pierde contacto con una dimensión profunda de la experiencia humana, el arte lo registra. A veces lo denuncia; otras veces lo compensa; otras veces lo anticipa. Pero rara vez es indiferente. Por eso, cuando hoy sentimos saturación, dispersión y una extraña pobreza de sentido en medio de la abundancia, no basta con explicarlo como un problema de gusto, de mercado o de generaciones. Algo más estructural se está jugando en el fondo.


En el presente, la vida cultural se organiza cada vez más en torno a lo inmediato, lo visible y lo literal. En el arte contemporáneo, esto se manifiesta en la centralidad del arte político y de denuncia, del activismo artístico, del giro documental y de ciertas prácticas conceptuales y postconceptuales, donde la obra se define por la claridad del enunciado y la legibilidad pública del gesto. La imagen funciona como evidencia: el conflicto se muestra, se expone, se declara. Sin negar la urgencia de estos temas, el desplazamiento es claro: cuando la experiencia estética se apoya de manera sostenida en la literalidad y en el mensaje inmediato, el símbolo pierde terreno y la obra tiende a agotarse en una lectura rápida, más cercana al comunicado que a la experiencia transformadora.


Desde la perspectiva junguiana, el símbolo no es un ornamento estético ni una metáfora sofisticada. Es un puente. Une lo que la conciencia puede nombrar con aquello que todavía no puede formular, pero insiste: lo instintivo, lo arquetípico, lo contradictorio, lo oscuro, lo numinoso. Cuando ese puente se pierde, el ser humano no solo queda sin imágenes profundas: queda sin orientación interior. Y una cultura sin orientación simbólica tiende a volverse literal, ansiosa, reactiva. Produce muchas formas, pero poca transformación.


Instalación artística de Tracey Emin My Bed (1998), obra de arte contemporáneo que muestra una cama desordenada como símbolo de la pérdida de sentido, la literalidad de la experiencia íntima y la crisis de la narrativa simbólica en el arte actual.
Tracey Emin, My Bed (1998). La intimidad expuesta sin transfiguración simbólica: cuando la conciencia coloniza la experiencia psíquica y el símbolo pierde su función integradora.

Aquí aparece un punto decisivo que el siglo XX llevó al límite: la relación entre conciencia e inconsciente. Cuando la conciencia se vuelve tiránica —cuando solo cuenta lo verificable, lo lógico, lo medible— el símbolo se seca y el mundo se aplana. Pero cuando la conciencia abdica por completo —cuando se entrega sin mediación a lo informe, al flujo, a lo puramente automático— el sentido también se disuelve. En ambos extremos se pierde algo esencial: la posibilidad de integración. El símbolo solo cumple su función cuando hay diálogo, tensión creadora, intercambio vivo entre lo que vemos y lo que nos ve desde dentro.


Tal vez por eso la pregunta del inicio vuelve aquí con más fuerza: esa sensación de que “antes había magia” no necesariamente apunta a una superioridad estética del pasado. Puede ser, más bien, el registro íntimo de que antes —en ciertos momentos, en ciertas obras— el símbolo operaba con mayor potencia. Había imágenes capaces de sostener contradicciones, de abrir interioridad, de ordenar la experiencia sin reducirla. Había relatos que no solo denunciaban o entretenían, sino que ofrecían orientación: una manera de habitar el mundo con profundidad.


Recuperar esa dimensión no implica rechazar el presente ni romantizar la historia del arte. Implica recordar la función más antigua del arte: ser mediación entre planos de realidad. No solo espejo del mundo externo, sino lugar donde el ser humano vuelve a encontrarse con lo que lo excede. En una época de crisis existencial —no meramente cultural— esa función deja de ser un lujo y vuelve a ser necesidad.



Imagen compuesta con obras de Armando Villegas que integran figura humana, formas totémicas y abstracción simbólica como expresión de la unión entre lo consciente y lo inconsciente, la dimensión numinosa y la narrativa simbólica en el arte.
Armando Villegas, selección de obras. La imagen simbólica como lugar de integración: figuras totémicas, mapas interiores y presencias rituales que encarnan el diálogo entre materia y espíritu, forma y misterio, conciencia e inconsciente. Un ejemplo de cómo el arte puede recuperar profundidad sin renunciar a la experiencia sensible.

Y aquí se abre el verdadero punto de llegada del recorrido. Si el problema contemporáneo puede describirse como una desconexión progresiva de lo simbólico y de la imaginación profunda, entonces la tarea que se impone no es elegir entre forma y contenido, entre conciencia o inconsciente, entre figuración o abstracción. La tarea es otra: recuperar la posibilidad de integración.


A lo largo de la historia, el arte ha encontrado su mayor potencia precisamente cuando ha sabido habitar la frontera: entre lo visible y lo invisible, entre la experiencia concreta y la dimensión imaginativa, entre la materia y el espíritu. No como síntesis forzada, sino como tensión viva. El símbolo nace ahí, en ese espacio intermedio donde la conciencia no domina ni abdica, donde el inconsciente no desborda ni se reprime, sino que dialoga.


En una cultura cada vez más volcada hacia lo literal, lo inmediato y lo mensurable, esta función vuelve a ser crucial. El empobrecimiento simbólico no es solo un problema estético: es una pérdida de orientación interior. Recuperar el símbolo no significa volver al pasado ni rechazar el presente, sino enriquecer nuevamente la experiencia, devolverle profundidad, espesor y resonancia. Permitir que la imagen no solo muestre, sino que sugiera; que no solo denuncie, sino que transforme.


Si el arte ha sido siempre una radiografía del alma humana, la pregunta final no busca clausura, sino apertura: ¿qué nos está revelando hoy nuestra cultura sobre lo que hemos perdido, lo que hemos simplificado, lo que hemos desplazado hacia el ruido? Y, sobre todo, ¿qué formas nuevas —todavía posibles— pueden volver a tejer sentido allí donde la experiencia humana sigue pidiéndolo?



Referentes y lecturas para profundizar


Este artículo se inscribe en una tradición de pensamiento que entiende el arte, el símbolo y la narrativa como funciones esenciales para la orientación psíquica y cultural del ser humano. Si quieres profundizar en las ideas aquí desarrolladas, estos referentes ofrecen un marco sólido y complementario:


Carl Gustav Jung – El hombre y sus símbolosTexto central para comprender cómo el símbolo opera como mediación entre conciencia e inconsciente, tanto en la vida individual como en la cultura. El capítulo dedicado al arte moderno —redactado por Aniela Jaffé— es una referencia directa para la lectura histórica y psicológica que sostiene este artículo.


Carl Gustav Jung – Psicología analítica y símbolo

Fundación C. G. Jung y recursos introductorios a su pensamiento sobre imaginación, inconsciente y símbolo.


Aniela Jaffé – La pintura moderna como símbolo

Artículo clave para comprender la interpretación junguiana del arte moderno como expresión simbólica de procesos psíquicos profundos. Jaffé analiza la abstracción, la disolución de la forma y la retirada de la figuración no como decadencia estética, sino como intentos de dar forma visible a una realidad interior e invisible, en diálogo con la física moderna y la crisis espiritual de Occidente. Este texto constituye una de las bases conceptuales más directas del enfoque desarrollado en este artículo.


Wassily Kandinsky – De lo espiritual en el arte

Texto fundamental para comprender la abstracción no como negación del sentido, sino como búsqueda de una dimensión invisible de la realidad. Kandinsky articula con claridad la relación entre arte, espiritualidad y necesidad interior, en plena ruptura con la visión clásica del mundo.


Paul Klee – Teoría del arte moderno / Diarios

Reflexiones esenciales sobre el arte como proceso formativo y diálogo con las leyes profundas de la naturaleza. Klee ofrece una visión del artista como mediador entre lo visible y lo invisible, entre conciencia e inconsciente.


Herbert Read – Breve historia del arte moderno

Una lectura clara y rigurosa del arte moderno como expresión de una ansiedad metafísica colectiva. Read ofrece un marco histórico y filosófico que complementa la lectura psicológica desarrollada en este artículo.


Fundación Armando Villegas – Obra y legado

La Fundación Armando Villegas custodia y difunde la obra y el legado del maestro Armando Villegas, cuya pintura constituye una de las expresiones más profundas del simbolismo, lo mítico y lo numinoso en el arte latinoamericano contemporáneo, articulando de manera singular lo figurativo y lo abstracto, la materia y la imaginación arquetípica, en diálogo directo con las tensiones entre conciencia e inconsciente abordadas en este artículo.










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